“El dolor de Jesús,
aquella noche, aumentaba en intensidad al comprobar la indiferencia de sus
discípulos. Ellos ni siquiera podían ayudarlo a orar, dormían como si nada
anormal estuviese sucediendo.
¡Ironía de la vida! En
el mar de Galilea, una
noche, Jesús dormía mientras ellos se desesperaban. ¿Cuál era el motivo de su
desesperación? ¡Una simple tormenta!
Pero, ahora que el clímax
de la tormenta
cósmica
se avecinaba y que el destino de la humanidad estaba en juego; ahora,
que la vida eterna, y no sólo la mezquina vida terrenal, estaba por ser
decidida, ellos dormían. ¿Te das cuenta cómo los seres humanos valoramos las
cosas y las situaciones?
¡Que Dios tenga misericordia de nosotros!
Al verse
solo, Jesús, aquella noche, oró a su Padre, y aparentemente no obtuvo
respuesta. Su oración fue:
“Padre, si puedes, pasa de mí esta copa,
pero no sea
hecho conforme a mi voluntad sino a la tuya”.
El cálice, o copa, es usado en la
Biblia, a veces, como un símbolo de las bendiciones divinas, y otras como
símbolo de la ira de Dios. En el Getsemaní,
con toda seguridad, el cálice de
Jesús era la más grande bendición que el ser humano podría recibir. ¿Por qué?
Porque Jesús estaba recibiendo la ira de Dios, provocada por nuestro pecado;
estaba ocupando nuestro lugar.
Éramos nosotros sobre quienes el cálice de la
ira divina debería ser derramado. Pero, el Señor Jesús, te amó tanto que
entregó su vida para ocupar tu lugar.
¡Qué bendición!
Jesús oró, aquella triste
noche, y aparentemente no recibió respuesta de su Padre; aparentemente, porque
el silencio del Padre fue su respuesta: no había otra manera de salvar a la
humanidad; no había otra salida. En aquel momento, en
las manos de Jesús estuvo
nuestro destino: dependía de él. Si lo hubiese querido, habría podido retornar
al cielo, y estaríamos perdidos para siempre…
¿Eres tú capaz de entender el
silencio divino? Ora a Dios, y confía en él. Ora mucho, y que la triste
historia de los discípulos no se repita:
“Vino luego a sus discípulos, y los
halló durmiendo, y dijo a Pedro:
¿Así que no habéis podido velar conmigo una
hora?”.
Alejandro Bullón, Plenitud en Cristo, p. 242